martes, 4 de marzo de 2008

Fauna urbana: en el salón recreativo

Los billares, las maquinitas, los futbolines, las recreativas, estos lugares tienen múltiples nombres, y cualquiera de ellos evoca perfectamente el hábitat que estudiaremos hoy. Y es que entre esa selva de ruiditos de arcades, de entrechocar de bolas de billar, de palabras malsonantes proferidas por menores de edad, esas monedas chocando contra el expendedor de la máquina de cambios, ese olor a Tenn bioalcohol y a tabaco, nos hemos movido en algún momento de nuestras vidas los miembros de una generación.



A finales del siglo pasado, en pleno auge de los cibers, los salones recreativos fueron desapareciendo paulatinamente, y en la actualidad, en nuestras ciudades, los locales anteriormente ocupados por estas mecas del vicio son tiendas regentadas por simpáticos chinos, en las que lo mismo compras unos vaqueros, que una vela de cera de abejas infectadas por algún virus, que algún libro cuya letra fue impresa con una tinta de calamar en peligro de extición.

Antiguamente estos sitios eran, según nuestros padres, una especie de burdel del que querían alejarnos. "Ahí pasan droga", "nunca vayas ahí", "si juegas a las maquinitas se te caerá el pito". Sin embargo, a todos nos atraía la cantidad de gente que se agolpaba en la entrada comportándose como simios y potrencas en celo, y, por supuesto, siempre nos llamaron cual cantos de sirena los sonidos que desprendían aquellos lugares, con sus puertas siempre abiertas, y en los que todo lo que había eran máquinas de diversión.



Hoy estamos aquí para dejar bien claro que estos lugares existeron, y para no permitir que se les olvide, cual víctimas de una dictadura. Existieron. Algunos siguen vivos. Y, en algún momento, todos formaron parte de nuestras vidas.

Hoy, en nuestra sección de fauna urbana desoiremos aquél gran consejo de "si tu infancia fue una mierda, ¿para qué recordarla una y otra vez?", y abordaremos en profundidad al colectivo de personas que frecuentaron toda sala de juegos. Se trata de un mundo pasado, no por ello mejor, aunque sí más divertido. Un mundo en el que los niños no teníamos ordenador en casa, ni existía internet como tal.

El encargado

Si los niños envidiaban a alguien en la zona, ése era el hijo del encargado.
El encargado era un tipo malencarado, al que parecía no darle jamás las 11 de la noche para echar a la calle a tanto crío y volver a casa a discutir con su mujer y a aguantar a sus churumbeles.
Equipado siempre con una riñonera plagada de calderilla (algo realmente curioso, sobre todo porque seguían usándola cuando ya había una máquina de cambios) y un manojo de llaves, entre las que se encontraba la siempre deseada llave de los servicios.
A él se acudía cuando se tenía un problema, ¿que te tragó la moneda? No te preocupes, el encargado acude a devolverte ese crédito con su llave mágica... pero claro, como todo ser poderoso también era el respondable del buen ambiente en la sala de máquinas, y no dudaba en largar para fuera al par de subnormales de turno que discutían por una partida o un gol del futbolín.
Por lo general este tipo permanecía dentro de una garita desde la que observaba lo que acontecía entre la muchedumbre que allí se agolpaba. Repetía constantemente la palabra "chaval", y pegaba gritos a diestro y siniestro cuando creía necesario.
Pero detrás de todo este poder, amigos, no lo dudéis, se encontraba un alma torturada. Un hombre atrapado en un mundo que él mismo no había creado... lo cual nos hace plantearnos la pregunta de ¿quién se haya en un mundo que sí ha creado?

El hermano / tutor

Solía ser el único personaje del salón que era mínimamente razonable. Era el único que te enseñaba a pasar alguna fase de algún juego. Podemos decir que si las pelis porno te iniciaron por aquellas épocas en el sexo, fue tu hermano / tutor, ese frikazo de cojones, quien te inició en los cigarrillos.

La macarrada

Si por algo se caracterizaban los salones recreativos era porque eran una microsociedad en la que cada uno tenía su función. Como si de un Chicago de los cincuenta se tratase, las salas de máquinas presentaban todo tipo de gañanes que imponían su ley apoyados por cuadrillas de lameculos. Estos canis eran los mismos que aparcaban sus motos fuera, a quienes miraban las chicas pensando que podrían ser los hombres de sus vidas, y que actualmente trabajan en el sector de la medicina como sujetos de experimentos.

El macarra prototipo

El macarra prototipo de los noventa era el cani de hoy. Tal cual. Es como si fuese una especie aparte que ha sobrevivido a la aniquilación de su territorio y lo hubiese hecho mutando muy ligeramente.
Los macarras básicos eran una mezcla entre niño de catorce años y bakaleto de los cojones. Su chandal y sus tenis naik eran lo que le confería cierta imagen de grupo cuando se agrupaba con sus secuaces. Solía ir acompañado de un grupo de palmeros entre los que se hablaba a gritos y quienes se encargaban de azuzarlo y reir sus gracias; "huy lo que ha diiichoooooo... jajajaja... ¿Dejas que te diga eso?" era la frase preferida de sus acólitos.
Una de sus aficiones era amenazar a los niños más pequeños que él para echarse unas partidas gratis.
Sin embargo, como sucede en la mayoría de las manadas, un buen día se lían a palos entre sus muembros y del golpe de estado surge un nuevo líder, relegando al anterior al ostracismo y a no volver a pisar un salón no sea que uno de esos malvados macarras le ahostie rato largo.

Los mini macarras

Es cierto que los bajitos suelen ser unos tipos malhumorados. No es menos cierto que los niños bajitos apoyados por la fuerza de la manada pueden verse aupados a cotas de macarrismo que sólos jamás conseguirían. Por lo general su apellido familiar le protege, siendo su hermano mayor algún quinqui o camellito de barrio que en su puta vida había pisado unos billares pero que era chungo a más no poder, y que además tenía amigos que tenían coche... uau...
Estos tipos se veían venir a leguas. Solían ser, como su nombre indica, más bajitos que la media, tener un tono morenillo en su piel y un peinado suficientemente hortera com para saber que su madre le concedía el capricho a desgana.
Solía llegar un día en que al enano de turno lo pillaban por la calle sin su pandilla, porque venía de comprar cromos o palotes o algo así, y comía una manita de hostias de otros miembros de los salones que motivaban el que nunca volviese a pisar uno.

El macarra eterno

El macarra eterno era diferente a los demás. Tenía el pelo largo, fumaba y era mayor de edad. Llevaba formando parte del mobiliario del salón desde hacía eones, y su cazadora vaquera o de cuero le diferenciaba del resto de los personajes del salón, quienes en su presencia se comportaban como si de un Tiranosaurio se tratase, seguros de que si no hacían nada no les vería.
Sus aventuras con la policía eran conocidas por todos, e incluso muchas de ellas, aún siendo aumentadas por el efecto "bola de nieve" seguían siendo creíbles. Todos decían que llevaba navaja, y algunos habían sido echado a patadas del salón por tocarle los cojones. Era el tipo chungo de los futbolines y debía ser respeteado.
Solía desaparecer cuando veía que el dinero escaseaba y se metía en lo primero que podía, como Guardia Civil o militar, con el único impedimento de cortarse las greñas pero pudiendo conservar ese "way of life" de vivir del cuento y de la gorra.

Las chorbitas

Así se denominaba a las novias de los macarrillas de salón. No tenían ni voz ni voto. Eran meros apéndices de los machos alfa que por allí se movían, no hablaban entre ellas. No tenían vida. De vez en cuando su mera presencia provocaba riñas entre los habitantes del salón, pero nunca era istigado por ellas, sino que simplemente sucedía como un mero ritual entre machos.
En la última etapa de las recreativas se les podía ver juntos jugando a estas Photo Show de pantalla táctil, por el mero placer de escribir al final sus nombres y una i griega en medio.
Es importante señalar que solían cambiar de pareja dentro de la misma pandilla, como si fuesen un porro que se podían ir pasando.

Las chicas (no chorbitas)

Las chicas que no salían con los macarras de turno aspiraban a hacerlo,y por eso se agolpaban a las puertas del salón con el fin de que alguno de esos geniales muchachotes cayese en sus brazos, o más bien al revés, con el objetivo de convertirlo en el hombre de sus vidas y dispuestas a hacer lo que hiciese falta para ello (una de las opciones más socorridas era la de comérsela después de irse de la sala de juegos).
A su llegada se agolpaban todas junta sen un rincón. Aunque sólo una de ellas había sido la que había convencido a las demás de ir allí echaban unos Pangs hasta que los chicuelos todas eran susceptibles de ser cortejadas.
En la actualidad estas chicas son dependientes pasadas de fecha en Pimkie y Bershka.

Los profesionales

Por otra parte había siempre algún tipo por allí dentro que dominaba una o más máquinas.
Estaban los que eran capaces de acabarse el House of the Dead con una moneda de cien pesetas o los que eran capaces de rebentar a todo bicho viviente con el Shng Tsung del Mortak Kobat realizando toda clase de maniobras al poder convertirse en cualquier otro personaje.
Los que golpeaban duramente la bola del futbolin contra la grada de preferencia para después marcarte con el portero o los que calculaban a la perfección como debía golpear a la bola para terminar su partida de billar.
Por lo general era hijo único, con suficiente dinero par ahabe rsido durante meses el pringado de turno de otro salón recreativo, que fundía créditos y créditos, con el fin de culminar su actuación entre sus fans actuales.
En sus últimos años, cuando los chinos aún no habían convertido estos enspacios en bazares, fueron surgiendo auténticos profesionales, sobre todo en torno a la conocida "máquina de bailar":


Ríete tú de los hamsters


El níñato

No sabemos si era la hora del recreo, ni si se estaba fumando la última hora de la mañana, ni si se estaba escapando del catecismo, ni si tenía o no padres... el hecho era que estaba allí.
Allí descubrió un mundo completamente nuevo para él, lleno de lucecitas y sonidos que posiblemente siendo mayor intentara emular tomándose tripis en las rave parties. Pocas veces se le vio echar una moneda y se pasaba las tardes enteras mirando cómo la gente jugaba. En concreto como tú jugabas. Sí, tú. ¿Recuerdas cuando se ponía detrás tuya cuando estabas intentando cargarte a Bison con Guile? ¿Recuerdas su olor, su aspecto sudoroso, su manía de echarte el haliento en el cogote? O peor... quizá a tí te hizo lo de sentarse a tu lado y manejar el mando de la derecha emulándote, fingiendo jugar con tu personaje.
Cuando jugabas al Metal Slug te aconsejaba constantemente "ahí hay una vida", "ahí hay cohetes", e incluso llegaba a ofrecerte sus servicios "¿te la paso?", "¿quieres que te la pase?".
Por lo general era el objeto de odio de todo el local pero era tan tan pequeño que nadie, salvo el mini macarra se planteaba el pegarle una manita de bastos.
En la actualidad la mayoría de estos enanos son felices ingenieros de comunicaciones con un sueldo de la hostia y una jaca que le hace un de todo cada vez que llega a casa.

Hasta aquí ha llegado nuestro post de hoy.


3 comentarios:

Mister Poppler dijo...

Los Molinos... Egasa... Ermasa y, cómo no, los billares de La Camelia...

Qué tiempos, cuántas monedas de Duro, cuántas partidas al Operation Wolf (I y II), cuántos miles de billares tanto de ranura como de hora, ese House of the Dead, ese Street Fighter, los futbolines, el eterno Spirou que presumía de tener titanio en la cabeza y lo que tenía era más manos de hostias que los oponentes de Undertaker, aquella vez que, en la última fase del Double Dragon contra el tipo de la chaingun mi compañero había caído y yo iba por el mismo camino cuando (hados del destino) se fue la luz y al volver nos regalaron otra aprtida a los dos tras la pregunta de: "¿Estábais jugando?" "Chí chí..."

Esa fantástica palaquita mágica, ese clítoris electrónico al que cada vez que el encargado acariciaba (previa apertura del frontal de la máquina) hacía que aparecieran créditos y créditos y créditos (joer... Ojalá las mujeres fueran tan fáciles ¬_¬U ).

Yo era de los hijos únicos... y el staff unos cabrones sensibleros :_)

Anónimo dijo...

En lugo la más mítica era El Recreo, y tb por supuesto la Sala Verde en la cual hacían más redadas que maquinas había...

Steve Zissou dijo...

Recuerdo con lagrimas en los ojos la cantidad de pasta que perdi jugando al Street Fighter, Final Fight y Golden Axe en el "Medusa" (un entrañable bareto marinero).

ains! sacais mi parte sensiblera