sábado, 22 de noviembre de 2008

Mitos de la farándula: Cary-Hiroyuki Tagawa

Hola, has entrado en PcP, y nos has pillado con el ceño fruncido, porque vamos a volver a hablar de uno de esos personajes que sólo los frikis sabemos y nos atrevemos a identificar. Uno de esos personajes de los que no se habla demasiado, por miedo a que aparezca (dicen que si pronuncias su nombre tres veces aparece, aunque no conocemos a nadie que haya logrado repetirlo ni siquiera dos) y le salte los dientes al pájaro de turno.

Hemos hablado de Bolo Yeung, os hemos contado las desventuras de Al Leong, hoy toca hablar de otro de esos actores secundarios realmente acojonantes, que pegan guayas como girasoles de gordas, pero que nunca han recibido un reconocimiento público como el que recibieron otros, menos dotados marcialmente, pero que controlaban la radiofórmula y el sistema (como el barco de pijos que atacaba a los colegas). Hoy hablaremos de Cary-Hiroyuki Tagawa.

"¿Quién?"

"Ah hostia, este"


La página yanki Movie People definió a nuestro protagonista de hoy como "carismático, musculoso, atractivo, y a menudo desprende una peligrosa sensualidad", con lo que partiendo de que es un chino delgadito y con una cara que parece el ojo de las mil arrugas (que ya sabéis cual es), queremos dejar claro que mejor que en la propia web no lo vamos a poner.

Hijo de un soldado yanki que se ligó a una jamelga japonesa, de estas buenorras, de estas que nacen aprendidas y te hacen cosas como el molinillo, pronto se decantó por las dos cosas que más feliz le hacían en el mundo: la interpretación y dar hostias como magdalenas de Astorga. Su madre, que como toda japonesa guapa era actriz, le dejó claro desde niño que el mundo de la interpretación era jodido, y que si no eras gay tenías mucho perdido, así que al principio se fue acostumbrando a pegarse en gimnasios y a ponerse fibrosete, al tiempo que su padre iba siendo destinado de aquí para allá. Curiosamente de destino en destino, llegó el día en que les tocó irse para los yuesei, a vivir el sueño americano. Además, él y su madre no eran como otros inmigrantes, que iban al país a quitarles el trabajo a los simpáticos palurdos del sur, sino que eran los hijos de un héroe de guerra, con lo que poco menos que los americanos se tomaban su presencia allí como un rescate o una conquista.

Y así comenzó Cary-Hiyoruki Tagawa (su madre se puso muy pesada el día del bautizo y el padre, con tal de que le dejara de dar la matraca renunció a ponerle su apellido) a moverse por las américas, a bordo de un Chevrolet del 56 con amá y apá, hasta que en uno de sus traslados llegaron al paraíso de los melones: California.

Allí comenzaron sus andanzas en la actuación, al tiempo que estudiaba en la universidad, pero se cogió una que ya le venía al pelo, que era Estudios asiáticos, que era algo así como nuestras Ciencias hispánicas, pero con trocitos de tortilla, gambas, zanahoria, guistantes, y jamoncillo. Y cuando estaba en esas, asentado, comiendo tallarines como un descosío, y preparado para seguir adelante en el mundo de la actuación, su madre, que había vivido en sus carnes las porculadas que hay que recibir para ser actor, lo mandó para Japón, a que conociese su cultura y se dejase de carreras y de hostias, a ver si de paso se le olvidaba al nene la mierda de la actuación.

Y allá se fue Tagawa, a verse atrapado en un mundo que él mismo no había creado, y en el que era un extraño: medio yanki, hijo de militar, y además, un poco cabezota. No tardó en sentir en sus propias carnes lo que los asiáticos llaman el calor autóctono, y un día, muy enfadado, cogió la escopeta y salió a la calle. Tras pensarlo un poco, irse a la fuente del pueblo y mojarse la nuca con agua así fresquita, decidió que lo mejor para desfogar era lo de irse a rememorar lo de las artes marciales.

Con 36 años vuelve a junto de su familia hecho un toro y tras haber recibido un despiadado entrenamiento en el país del sol naciente. Allí conbsigue trabajo en "El último emperador", de Bertolucci, y de ahí a la fama, "Licencia para matar", "Sol Naciente" y "Showdown in Little Tokyo". Llegado a este punto ya había trabajado con Sean Connery, Wesley Snipes, Brandon Lee y Dolph Lungdren.

Pero si hay una peli en su carrera que debéis de haber visto todos, es una de esas que apesta a chamizo: Némesis, un ¿thriller? de ciencia ficción y acción frenética de estas que os pueden alegrar la tarde de un sábado de esas que os pasáis pegados a la consola.



Pero el papel más friki de su carrera, el que le dotaría de un aura de maldad absoluta sería el del cambiante Shan Tsung en la infumable Mortal Kombat, película de la que sólo se salvan la música, Sub Zero y la cara de hijo de puta del amigo Tagawa (también se salvan las mozas, pero de eso hablaremos otro día).



De ahí al estrellato, trabajando con Carpenter, haciendo de Krall en esa basura de Tim Burton que no queremos ni mencionar, tomando decisiones comprometidas que quedarían en la infamia, zurrándole a la mujer que nunca debió aceptar ser Elektra, yéndose de putas en Memorias de una Geisha, y firmando un contrato por el que dará vida a Heihachi Mishima, ahí es nada, oigan.



Y no sólo eso, sino que además, después de una vida dedicada a las peleas, se ha sacao de la manga algo que sólo él y el gordo de Star Wars podían hacer: un arte marcial propia, llamada Chuu Shin en la que las hostias se dan con una vara larga como un día sin pan.

Lo de que el mundo vaya a cámara lenta lo hace él solito, que es la hostia


En definitiva, que Cary-Hiroyuki Tagawa es uno de esos genios incomprendidos, alguien a quien no se le reconocen sus logros, pero que sin duda, podría haber sido el puto amo... y ahora... le queda un poco tarde todo...

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